UNA MONTAÑA MÁGICA PARA THEODOR ADORNO

A mis 16 años urdí un elaborado plan para fugarme unos días a París. La misión era encontrarme con Samuel Beckett. Me imaginaba esperándole a la puerta de su casa, en el número 38 del Boulevard Saint-Jacques, y luego paseando y charlando con él por aquellas calles, quizás bajo una tenue lluvia de otoño. La cita nunca ocurrió más allá de mi imaginación y tuve que conformarme con estrechar su mano en uno de mis sueños, años más tarde.

Matterhorn (Monte Cervino) y cumbre de Gornergrat

Matterhorn (Monte Cervino) y cumbre de Gornergrat

Puedo imaginar ahora aquel día en el que Theodor W. Adorno, con apenas 18 años, siguió a Thomas Mann por las calles de Kampen, en la isla de Sylt, pensando —como le confesaría más tarde al propio Mann— cómo sería hablar con él, el hombre al que ya admiraba. Algo así como si Tadzio hubiera seguido a Aschenbach por las calles de Venecia.

La vida habría de reunirlos 20 años más tarde concediendo a Adorno este “fragmento de utopía realizada”. Para entonces Mann era ya el reconocido autor de La Montaña Mágica que había recibido el Premio Nobel en 1929 y Adorno comenzaba a ser conocido por su labor activa en la filosofía.

Ambos se profesaron mutuo afecto durante años. Más allá de su mutua colaboración en el mundo de las ideas —por la que Mann llamaría a Adorno, no sin cierto tono de condescendencia, “mi secreto consejero”—, mantuvieron una amistad más allá de fronteras, edades y creencias. En la última etapa de su relación se buscaron entre las sombras de una vieja Europa recién devastada, pero sus caminos, al final, no aceptaron en volver a cruzarse una última, ansiada vez.

Unas veces Adorno: “La idea de que nos desencontremos una vez más me resulta insoportable, perdóneme esta cruda confesión”. Otras Mann: “Viajaría más contento si al menos brillara la luz de un reencuentro”. Pero, en apariencia, sus múltiples obligaciones les impedían la ansiada cita. Casi llegaron a suplicarse: “Le escribo con la desesperada ilusión de que su camino le conduzca a París entre el 15 y el 21 de octubre” (Adorno 26 sept. 1952). “¿Qué pasaría si usted interrumpiera el 16 en Zurich su viaje a Paris? Una idea muy poco práctica, probablemente, pero ¿qué hacer?” (Mann 30 septiembre 1952).

En 1955, entre las líneas de la correspondencia que intercambiaban desde hacía años con profusas colaboraciones intelectuales, se seguían buscando, “a mí mismo me deseo tener la oportunidad de por fin volver a verlo” (Adorno 12 marzo 1955). Finalmente, radiantes, acordaron una cita segura, “¡Hasta la vista, entonces, en Kilchberg, durante su viaje de regreso!”(Mann 30 julio 1955).

Thomas Mann falleció inesperadamente el 12 de agosto de 1955 en su casa de Kilchberg, en el cantón de Zurich. Adorno apenas acertó a decir en telegrama enviado a Katia, la mujer de Mann: “[…] Lo quise mucho, mucho”.

Cuando yo misma he perdido a un amigo, a un ser querido en mi vida, a menudo me he descubierto revisitando lugares que habíamos compartido o, juntos, soñado, imaginado. Más allá de los objetos o de mis propias imágenes, ha sido a través de los lugares que he pretendido conjurar la memoria, como si, de ese modo, aquella persona fuera a surgir de entre las sombras y caminar una vez más a mi encuentro.

Años después, Adorno revisitó, junto a su mujer, el lugar que más calmaba su ánimo, Zermatt, a los pies del Matterhorn, “la imagen infantil de la montaña absoluta”. En esta ocasión insistió en que Marcuse le acompañara, pero éste al fin no accedió. Desoyendo el consejo de su médico, Adorno subió, una ultima vez, al mirador de Gornergrat que se encuentra a 3100 metros de altura. El lugar que, según sus palabras, permitía mirar esta colosal cadena montañosa con particular perspectiva, tal como ocurre con las obras de arte.

Con este último viaje, Adorno quiso quizás conjurar otra vez al destino acercándose a la montaña más emblemática de toda Suiza. Una gran montaña mágica a los pies de la cual recostarse y entregar un último aliento, en secreta compañía.

Recorrer los lugares que pertenecen a la memoria del otro, este ha sido mi peregrinaje artístico en los últimos años (Una Tierra de Felicidad, Mapping Journeys,…). No me queda más remedio, ahora, que encaminarme hacia Zermatt y buscar la fuente de la que hablara Adorno, sobre la que está escrito: Domine, conserva nos in pace.

Zermatt y el Matterhorn (hacia 1900)

Zermatt y el Matterhorn (hacia 1900)

Louisa Merino, 30 jul 2015